Ciudad Perdida: ¡mi versión de los hechos!

Por: Mariana Orozco Blanco

Cuando leí el itinerario en la pagina web de Guías y Baquianos, no me pareció nada del otro mundo: 3 días caminando de subida y 1 de bajada, no sonaba demasiado difícil. Además, no olvidemos que yo ya había estado en El Cocuy, por lo que según yo, cualquier cosa después de eso no era nada que no pudiese hacer. Así pues llamé a Javier y le propuse irnos a Ciudad Perdida, y obviamente él aceptó encantado y sin reparos.

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Con Javi antes de iniciar

El plan empezaba un viernes; alrededor de las 9 am nos recogerían en Santa Marta, luego iríamos a la oficina de turismo y de allí emprenderíamos el primer tramo de viaje que se hace por tierra hasta “El Mamey”, no sin antes parar justo a la entrada del Parque Nacional para registrarnos.

Después de almorzar en “El Mamey” iniciaríamos la caminata hasta el primer campamento, “El Edén”, en donde dormiríamos la primera noche. El segundo día caminaríamos toda la mañana hasta llegar al campamento “Mumake” para almorzar y luego toda la tarde hasta llegar al campamento “Paraíso”. El tercero era el gran día en el que llegaríamos hasta Ciudad Perdida, en donde permaneceríamos alrededor de 3 horas, para luego regresar a “Paraíso” para almorzar y caminaríamos toda la tarde hasta regresar a “Mumake” a dormir. El cuarto día tendríamos que caminar nuevamente toda la mañana hasta el primer campamento para tomar un refrigerio y luego continuar a “El Mamey” para almorzar antes de tomar el carro hasta Santa Marta ¡suena todo facilísimo! ¿o no?

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Representación gráfica del recorrido en un restaurante de “El Mamey”

Lo cierto es que el trayecto parecía más una etapa de ciclismo que una caminata de 4 días a la Sierra. Además, el primer día yo arranqué cansada, porque mi bus desde Valledupar se encontró con dos accidentes en la vía y esto nos hizo permanecer en carretera cerca de 12 horas cuando el trayecto normal es, por mucho, 4 horas. Terminé llegando a las 2 am a Santa Marta. Horas reducidas de sueño antes de empezar a caminar en una montaña por 4 días, !no es nada recomendable!

Nos recogieron en el Hostal Masaya a eso de las 9:30 am y las cosas sucedieron tal y como estaban planeadas. A las 12:30 m estábamos en “El Mamey” almorzando y conociéndonos con quienes serian nuestros compañeros de aventura por 4 días: Ciara, Clara, Sandro, Vero y Camilo, además de los guías Edmundo y Javier a quien de ahora en adelante llamaré Javier Guía. De entrada se notaba que quienes iban con más equipaje éramos Javier y yo, y la diferencia entre Javier y yo ya era bastante grande porque él en su afán de estar “más preparado que un Bon Yurt” se llevó toda su casa en el bagpack, parecía que se iba al Himalaya por un mes ¡y no a la Sierra por 4 días!

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Distancias de los campamentos desde El Mamey

Con la barriga llena y el corazón contento, empezamos a caminar. La primera parte es bastante soleada por la falta de vegetación en las partes bajas de la montaña. Inmediatamente fue evidente que yo era la más lenta de todos, pero eso poco me importaba, porque sabía que si intentaba exigirme más, iba a ser peor. A las 2 horas empecé a notar algunos síntomas de deshidratación, bien conocidos por mí y empecé a tratar de recuperar líquidos desesperadamente, ya era demasiado tarde. Ya allí también se empezaban a ver síntomas del afán incomparable de Javier, quien a pesar de estar muy enfermo también, quería irse de primero del grupo, sin esperar a nadie y cuando el sentimiento de culpa lo tocaba, buscaba el radio de Edmundo, a quien le tocó irse adelante con él, para preguntar si yo seguía viva.

Yo tenía un terrible dolor de cabeza y unas náuseas horribles. Sin embargo, tenía que seguir y así lo hice. Después de unas 3 horas de caminar llegamos a “El Edén” y yo respire hondo en señal de victoria. Javier Guía, nos había vendido mucho la idea de que al llegar a este punto podríamos descansar y bañarnos en una espectacular piscina natural que estaba al lado de la posada. Sin embargo, cuando pregunté cuales eran nuestras camas para descargar mis cosas, la cara de Javier Guía me dio a entender que algo pasaba y que mi tan anhelado descanso no iba a ser tal. Nos informó que la cocinera había seguido hasta el siguiente campamento llamado “Donde Alfredo” y que sería allí donde pasaríamos la noche, y que solo serían 15 minutos más de subida. Para mí esto fue la peor noticia que podían darme en las condiciones en las que me encontraba. A pesar de esto pudimos disfrutar un rato de la piscina (ellos mas que yo). Cuando por fin llegamos a “Donde Alfredo” se me vino el mundo encima, no pude ni comer y decidí acostarme a descansar con la ilusión de que no me tocara quedarme en ese punto del camino.

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Intentando disfrutas de la piscina natural a pesar de mi enfermedad

¡Funcionó! Al día siguiente estaba muchísimo mejor y aunque me quedaba bastante retrasada con respecto a todos, lo importante era poder llegar. Todos los días había subidas y bajadas y yo en ninguna de las dos etapas me sentía cómoda; en la subida el corazón se me quería salir y en la bajada las rodillas me mataban. Fue súper importante darme cuenta que el “paseíto” iba a superar por mucho mis expectativas físicas y ahí antes de salir de “Donde Alfredo” decidí dejar algunas cosas de mi equipaje: ropa sucia, el maletín de la cámara de fotos (lleven su celular únicamente) y cualquier cosa que fuera prescindible, debí incluso haber dejado la cámara pero la ilusión de tomar buenas fotos no me dejó. Le aconsejé a Javier que hiciera lo mismo, pero con su terquedad característica no hizo caso y siguió con sus ¡14 kilos cuesta arriba!

El segundo día fue especialmente difícil porque llovió toda la tarde, pero también el que nos ofreció más paisajes y cosas interesantes que ver. Hacíamos una parada más o menos en la mitad de cada trayecto, para tomar algo de fruta y recuperar un poco las fuerzas. Obvio Javiercito quería seguir a toda sin parar, yo casi solo lo ví al principio y al final ¡ja ja ja!

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Parada para reponer fuerzas

Ese día llegamos a almorzar a “Mumake” y también a disfrutar del río que pasaba cerca al campamento. Fue delicioso refrescarnos en esas aguas heladas y que además ayudan también a relajar los músculos de las piernas.

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Feliz de llegar a Mumake

En el trayecto de la tarde, pasamos por un pueblito Kogui muy bonito. Javier Guía se tomó algunos minutos para contarnos cosas sobre el lugar, (cosa que Javier se perdió porque a estas alturas ya se les había pegado al grupo que iba más adelante que nosotros) y que las viviendas que hay no están siempre ocupadas porque los Koguis son un pueblo nómada y pueden dormir en diferentes asentamientos de la Sierra. Es importante que si van a tomarle fotos a algún indígena, se lo digan primero al guía para que este les pida permiso, porque a veces pueden ponerse muy bravos.

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Pueblito indígena.

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Niños en pueblito indígena

La lluvia hacía que nuestras pertenencias pesaran el doble y aumentara el peligro de una caída. Además, había un punto en el que tocaba cruzar el río Buritaca y con mi lentitud, para el momento en el que me tocó cruzarlo, había llovido tanto que estaba bastante crecido. Javier Guía, quien no se despegaba de mí, sugirió usar una tarabita dispuesta especialmente para esos días en los que el río crece, pero si me preguntan, después de verla prefería arriesgarme a atravesarlo a pie.

Afortunadamente, un grupo de otros guías se ofrecieron a ayudarme a cruzar el río a pie. Yo feliz acepté la ayuda; había una cuerda de donde yo me debía agarrar para pasar, pero uno de los guías me dijo: tranquila solo agarre mi mano. Yo supuse que él se agarraría de la cuerda, pero no. El señor guía me llevaba con una mano mientras que con la otra ¡se fumaba un cigarrillo! Sí señores, mientras yo me moría de pánico de ser arrastrada por la corriente, al guía le pareció bien fumarse el cigarrillo en medio de ese aguacero. A pesar del susto, para mí fue muy llamativo ver el espíritu de colaboración que hay entre todos los guías sin importar de qué agencia fueran.

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Río Buritaca

Cuando llegué al campamento “Paraíso”, en el que dormiríamos esa noche, encuentro a Javier en crisis, ojos desorbitados y muy pálido.

Me contó que para el momento en el que vio que tenía que cruzar el río empezó a gritar “¡¡¡Quiero a mi mamá!!!”… que por qué yo lo había hecho venir a esto, ¿a dónde me trajo Mariana? Y que todos a su alrededor se reían !ja ja ja! Ese fue precisamente el momento en que nos dimos cuenta que no teníamos ni idea a lo que habíamos venido, y que nos había hecho falta leer mucho y tomar más consejos de los que hay en muchos blogs y páginas de viaje !hay que leer!

El tercero y más anhelado día, es cuando se llega a Ciudad Perdida. Es uno de los ascensos más peligrosos, por que el camino es todo de piedras bastante resbalosas, y mucho más si ha estado lloviendo. Recomiendo mucho llevar uno de esos palos para caminar, los que Javier, en su infinita preparación, nos llevó uno a cada uno.

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Ascenso a Ciudad Perdida

El sentimiento de llegar finalmente a Ciudad Perdida es indescriptible: una gran alegría por haber llegado… pero ya aquí se empieza uno a imaginar lo que va a ser ¡el camino de regreso! Estando allá, solo les sugiero que se queden cerca al guía para que les pueda contar todo lo que sabe sobre este lugar, por qué terminó llamándose Ciudad Perdida y por qué fue abandonado por los Tayronas. Obvio este es el momento para hacer las mega sesiones fotográficas y cuentan con todo el tiempo para hacerlo.

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Ciudad Perdida

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Ciudad Perdida

El regreso fue igual de duro a la ida, ya las piernas no daban más y solo de pensar que al día siguiente teníamos que seguir subiendo y bajando, entraba en crisis. Le pedí el favor a Javier Guía que para el día siguiente intentara conseguirme una mula que me llevara al menos la maleta, porque con todo el peso de la ropa mojada no creía poder lograrlo. La mula cobra por cada trayecto 25 mil pesos, por bulto.

Así que si se quieren pasar de listos como nosotros y compartir una mula… “think again”! Al final igual lo hicimos pero tuvimos que apretujar las cosas de Ciara y mías en mi maletín, y Javier si pagó la de él aparte. El último pedacito de trayecto que se podía hacer en moto, Ciara, la irlandesa, y yo lo hicimos porque ella estaba enferma y a mí todos ya me habían tomado tanta ventaja que me hubiera tocado hacerlos esperar mucho. Ya me esperaban para almorzar nuevamente en “El Mamey”. Todos me aplaudieron cuando llegué ¡jajaja!

Al final nos despedimos, intercambiamos Instagram y números de celular y le recogimos entre todos una propina para nuestros dos guías y nuestra cocinera, que aunque no es obligación, a nosotros nos nació… más a mí con Javier Guía que estuvo tan pendiente de mí.

Por último les dejo el dato de que más del 90% de las personas que visitan Ciudad Perdida son extranjeros. Esto obvio me enorgullece mucho, porque sé que les atrae visitar nuestro país, pero también es un poco triste que nosotros como Colombianos no visitemos estos paisajes tan increíbles. Ya sé que es un plan muy guerrero, pero recuerden que pueden incluso tomar mulas que hagan el trabajo pesado por ustedes. Y si les sobra la plata, nos dijeron que en algunas ocasiones se podían organizar viajes en helicóptero. Así que ¡no hay excusas! A conocer Colombia.

PD: La tarifa del plan de 4 días es la misma en todas las agencias. Para Mayo de 2018 eran 950.000 COP. Incluye los guías, traductor, cocinero, las 3 comidas, transporte Santa Marta-El Mamey y la entrada al parque. Es posible que se pueda hacer de manera independiente, pero no estoy muy segura de que los dejen a la entrada al parque.

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Sierra Nevada de Santa Marta

 

Un pensamiento en “Ciudad Perdida: ¡mi versión de los hechos!

  1. Que excelente narración, perfectamente viaja uno a ese paraíso sin el estrés de los viajeros… Gracias por compartir esa maravillosa experiencia….

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