¡Eso queda en la Cochinchina!

¡Me sentí abandonado al otro lado del mundo! María Camilla, Ana María y Giorgio no estaban, y yo caminaba desesperado de esquina a esquina el largo pasillo del Tan Son Nhat. ¿Tan Son Nhat? Sí, el Aeropuerto Internacional de Ho Chi Minh, Vietnam.

Foto: Ana María Cabrera

Mi camino había comenzado en Bogotá treinta horas antes, cuando me monté en el avión que me llevaría al John F. Kennedy, para tomar mi conexión Nueva York- Hong Kong. La distancia entre estas dos ciudades es de aproximadamente 12.982 kilómetros que se recorren más o menos en quince horas. Era el viaje más largo que había hecho hasta el momento. Cuando me subí al avión de Cathay Pacific, sólo veía caras de ojos rasgados, con uno que otro de rasgos occidentales esporádicamente. En ese momento, pensaba entre chiste y chanza, que si el avión se accidentaba yo sería la cuota colombiana que está en toda catástrofe mundial ¿o no se han dado cuenta que los colombianos estamos hasta en la sopa? ¡Es real!

Esas quince interminables horas alcanzan para terminarse casi todo el menú, el de la comida y el de las películas. Llega un momento que uno se siente cayendo por un abismo, tal como Alicia la del país de las maravillas, película que no faltó en mi lista. Claro, si usted va en Business Class el cuento es diferente. Sin embargo, uno lo logra. Se llega vivo al continente asiático.

En Hong Kong, las cosas fueron más sencillas de lo que pensé. Los colombianos podemos entrar hasta por noventa días  sin visa, ¡ojo, sólo a Hong Kong¡ el resto es cuento chino. La conexión a Ho Chi Minh salió sin retraso alguno.

Este último vuelo (Hong Kong- Ho Chi Minh), se hace aproximadamente en dos horas, y sin duda uno se da cuenta que está en Asia por el menú ofrecido en el avión: ¡Noodles! Tengo que confesarlo, después de ese primer plato me volví adicto a ellos, pero no sólo yo, mis compañeros de viaje también.

Yo iba un poco preocupado por mi entrada a Vietnam, porque no tenía aún la visa en mi pasaporte. Pero esto siempre es así, uno pide la visa con anticipación por internet y al llegar uno paga antes de pasar por inmigración. Ellos se encargan de imprimirla y pegarla en el pasaporte.

Después de los rutinarios chequeos en inmigración, entré oficialmente a la ¡República Socialista de Vietnam! Y fue ahí donde me di cuenta que estaba íngrimo. Mis amigos habían llegado tres horas antes por la ruta Paris-Bangkok-Ho Chi Minh y ya no me estaban esperando. Después de media hora de quitarme de encima a muchos taxistas y de caminar de un extremo al otro el largo corredor, empecé a entrar en cólera ¡Me habían abandonado!  Ya dispuesto a irme a algún hotel cercano del aeropuerto, ¡apareció Giorgio!  Devolviéndome la emoción de haber llegado al Sudeste Asiático.

El inicio del paseo no fue tan warrior (guerrero) como lo habíamos imaginado. Los familiares de mis amigos nos recibieron en su cómoda casa. Mi alcoba era inmejorable, tenía un balcón que me daba cada mañana los mejores paisajes  y amaneceres al lado del Río Saigón, que limita con el patio de la casa. Un sol radiante asomándose en el horizonte mientras grandes plataformas de carga pasaban, una imagen muy tranquilizante, casi idílica. Perfecta para comenzar un día en la agitada Ho Chi Minh.

Foto: Javier Andrés Escobar G.

Antes la ciudad se llamaba Saigón, igual que el río. Pero después de la guerra se quedó con el nombre del líder socialista. Esta metrópoli es una ciudad de contrastes que va y viene entre la tradición de sus mercados callejeros, los grandes hoteles y tiendas lujosas de reconocidas cadenas. En esas ventas callejeras se encuentran todo tipo de cosas, desde lo más simple hasta lo más exótico. Agua de coco, huevo en todos los estilos y mezclado con muchos otros ingredientes; y frutas. El durián es la fruta más famosa de Vietnam y del sudeste asiático. Es muy parecida a la guanábana, pero huele a diablos. Así, con su olor y todo, es la preferida de los locales vietnamitas.

Foto: María Camilla Petroni G.

¿Cómo son los vietnamitas? Pues, muchos son tal y como usted se los imagina. De ojos rasgados, bajitos, morenos y con el típico sombrero de los sembrados de arroz. La imagen genérica del asiático. Pero como en toda sociedad, no todos son iguales ¡Eso sí! Algo que todos tienen en común es la moto ¡La gran mayoría tienen una!

El que todos tengan una moto se debe a que pasaron de la bicicleta a este modo de transporte. Así que si ustedes se quejan por las motos en sus ciudades, sobretodo los que viven en tierra caliente, deben echarse una pasadita por Ho Chi Minh para que cambien de parecer.

Foto: María Camilla Petroni G.

En Vietnam, sobretodo en esta región del sur, hay plan para todos los gustos: guerra, comida exótica y shopping.

¡La guerra!

El Museo de la Guerra retrata muy bien todo el panorama, claro está, desde el punto de vista de los victoriosos, desde la memoria vietnamita. Este país desde 1964 y hasta 1975 estuvo dividido en dos: los del norte, apoyados por el bloque comunista y los del sur, apoyados por los norteamericanos, todo en el marco de la Guerra Fría. En el museo se muestran todas las atrocidades cometidas por los estadounidenses con sus armas químicas, entre ellas, las bombas de Napalm o Agente Naranja que afectaron a tanta población civil, y que se retrata en la foto de Kim Phuc, la niña que corre llorando por tener su piel ardiendo por los químicos. Esta masiva violación de Derechos Humanos, fue cometida por ambos bandos, pero en este lugar sólo se muestra una cara de la moneda.

El segundo plan para acercarse a esta siniestra época, es ir a los túneles de Cu chi, en el distrito del mismo nombre. En estos túneles se escondían los nacionalistas vietnamitas, y tenían verdaderas ciudades debajo de la tierra. Este complejo subterráneo lo componían hospitales, escuelas y hasta ¡cocinas! Pero de todas maneras, era una manera asfixiante de vivir, pues esos túneles no tienen más de un metro de alto por un metro de ancho.

¡La comida!

 Siempre que se habla de Asia se vienen a la cabeza cosas muy exóticas en materia de gastronomía. Para nuestro paladar occidental, de los menús más impresionantes es el perro ¡Sí! el de cuatro patas. No lo venden en todas las esquinas, hay que decirlo, pero sí se encuentran lugares para poder probarlo. Inclusive, se ven las personas transportando en sus motos varios perros en una jaula como si fueran pollos. Este menú es tan sólo el comienzo.

Foto: María Camilla Petroni G.

El verdadero paseo para comer diferente es el de la visita al Mekong Delta. Para ir allá lo mejor es madrugar. Cuando uno llega se compra un paquete turístico guiado de un día. Nosotros escogimos el recorrido de las tres islas.

Foto: María Camilla Petroni G.

En ese momento, nos montaron en una lancha que empieza a recorrer el lado bajo del delta. En la primera isla, lo pasan a uno a una canoa más pequeña para poder recorrer los canales. Estar en la canoa, hace que uno se transporte a un pasado vietnamita que se ha ido perdiendo como la mayoría de costumbres en todos los países. Algo que no cambia, es ese sentimiento de lejanía que uno siente recorriendo ¡La Cochinchina! ¡Sí, yo tampoco lo podía creer! ¡Existe! Y queda exactamente en esta zona del sur de Vietnam, nombrada así por los franceses cuando pasaron por estos territorios en el Siglo XVIII.

Foto: Javier Andrés Escobar G.

En la primera isla, nos mostraron cómo fabricaban diferentes productos con coco, parte sin novedad. En la segunda isla, nos recibieron con vino de arroz y de banano. Lo fuerte llegó cuando a Giorgio y a mí nos ofrecieron un trago a base de arroz ‘sólo para hombres’ por sus poderosos beneficios afrodisiacos. Nos lo tomamos. Minutos después, nos mostraron de donde lo habían sacado. Era un recipiente, como los de salsa Fruco de restaurante, con un agua de un aspecto amarillento ¡con culebras, pájaros y escorpiones muertos! Sobrevivimos. Después de eso estábamos preparados para todo.

Foto: Javier Andrés Escobar G.

Foto: Javier Andrés Escobar G.

La hora del almuerzo no fue menos especial. Cuando llegamos a la tercera isla, nos sentamos en un restaurante tipo paradero de carretera. Todo iba muy ‘normal’ hasta que llegó la mesera a entregarnos la carta, las especialidades de la casa: anguila, tortuga, culebra, entre otros. Nosotros nos decidimos por la culebra.

Foto: Javier Andrés Escobar G.

Lo primero que hicimos fue escoger la culebra. Eso es como todo, las hay caras y más baratas. Escogimos la más barata para calmar nuestras ganas de experimentar. Después nos llevaron a ver todo el proceso de la matanza. En ese momento se acercaron muchas otras personas, el señor cogió la culebra con mucha precaución para que no fuera a escabullirse de sus manos, la culebra se movía sin parar, hubo un momento de tensión, pero finalmente murió de un hachazo en la cabeza.

Ya muerta la culebra, le escurren su sangre en un vaso, esta sangre es tal vez más valorada que el mismo plato, porque según las creencias populares es muy nutritiva. También nos la tomamos ¡salud!

Foto: Javier Andrés Escobar G.

Al final, decidimos que nuestra culebra nos la comeríamos sudada. La verdad no sabe mal, aunque aún creo que frita debe saber mucho mejor.

Foto: Javier Andrés Escobar G.

Ya de regreso en Ho Chi Minh, esa misma noche y tal vez para retomar un poco nuestras costumbres occidentales, nos fuimos para el Hard Rock Café, ¡Sí! Hay uno allá. Lo que deja pensando ¿En realidad qué tan separados quedaron de USA después de tanta guerra? ¿Muy socialistas, no? Tal vez, de lo poco que queda de él es el nombre de la ciudad y la restricción de las comunicaciones, que es muy conveniente cuando un gobierno quiere ocultar una que otra cosa a una población de más de ochenta y seis millones de habitantes. Júzguenlo ustedes.

¡Shopping!

 Por último, pero no menos importante para muchos, está el plan de recorrerse  todos los mercados de la ciudad. En este tema uno no se vara, hay varios centros comerciales tipo ‘San Andresito’ con ropa a muy pocos Dongs. En los mercados de las calles se pueden encontrar muy buenas imitaciones  de Nike porque en Vietnam quedan algunas de las fábricas de esta empresa. Además, de muchas otras marcas de ropa, calzado, backpacks, entro otros. Algunas veces los vendedores llegan a acosarlo a uno, pero con levantar la mano y rotarla se dan cuenta que uno no está interesado y se quedan quietos o cambian su rumbo ¡es impresionante!

Foto: Javier Andrés Escobar G.

En todo caso, Vietnam es un país con un potencial de desarrollo muy grande. Yo sólo visité el sur, pero quisiera volver porque aún queda mucho por descubrir. Sus playas y parques naturales que quedan en el centro y norte lo hace muy interesante. Además, de seguir conociendo una sociedad que, tal vez, tiene muchos traumas por superar. Pero sobretodo, para volver a ver esos amaneceres al lado del Río Saigón y volver a decir ‘Good Morning Vietnam’.

 

 

 

7 pensamientos en “¡Eso queda en la Cochinchina!

  1. Me encantó como cuentas tu experiencia. Uno queda súper atrapado en la historia y queda con ganas de más. No tienes algo más warrior?? jajajaja…
    Espero un próximo post!!!

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